
En la redacción de El Tintero Seco, siempre hemos creído que el progreso es inevitable. Que la modernidad, con su fibra óptica y sus patinetes eléctricos, acabaría por colonizar hasta el último rincón de nuestra querida Soria. Pero luego llega Iruecha, y su Soldadesca, y uno se da cuenta de que hay batallas que ni el 5G puede ganar.
La noticia, que nos llega con el eco de espadas y el relincho de caballos (probablemente aún sin ITV), es que Iruecha ha vuelto a viajar siglos atrás. Y no hablamos de un viaje metafórico, no. Hablamos de una inmersión tan profunda en el año 1198 que uno casi espera que los móviles de los turistas dejen de funcionar por falta de cobertura histórica. La Soldadesca, esa joya única en Castilla y León (probablemente porque nadie más se atreve a montar un tinglado así sin un seguro de responsabilidad civil que cubra viajes en el tiempo), ha vuelto a convertir las calles del pueblo en un escenario de épica medieval.
Y claro, la Junta de Castilla y León, siempre atenta a lo que realmente importa, la declaró Fiesta de Interés Turístico Regional allá por 1991. Uno se pregunta qué criterios se usaron entonces. ¿Fue el número de espadas oxidadas? ¿La autenticidad de los gritos de guerra? ¿O quizás el hecho de que, en Iruecha, la historia no se lee en un libro, sino que se vive con una intensidad que haría palidecer a cualquier parque temático?
El momento cumbre, nos cuentan, es la recreación del intento de robo de la imagen de la Virgen de la Cabeza. Una batalla a caballo, con cuatro jinetes por bando. Cuatro. Uno casi se imagina la reunión de planificación: "A ver, ¿cuántos caballos tenemos que no se asusten con los petardos? ¿Y cuántos jinetes que no se caigan a la primera de cambio?". La épica, sin duda, reside en la valentía de los participantes y en la paciencia de los animales.
Pero lo que realmente nos sobrecoge, y aquí la ironía se nos atraganta un poco, es la aparición del Ángel. Un ser celestial que recrimina a los invasores y les exhorta a la conversión. Uno no puede evitar pensar en la logística de esto. ¿Tiene el Ángel su propio vestuario? ¿Hay un casting para el papel? ¿Y qué pasa si el Ángel llega tarde por culpa de un atasco en la A-11? ¿Se retrasa la conversión? ¿Se multa al cielo por incumplimiento de horario?
Detrás de todo esto, nos dicen, hay mucho trabajo y mucha gente. Cerca de 140 vecinos y veraneantes. Ciento cuarenta. En un pueblo donde, según el último censo no oficial de El Tintero Seco, hay más ovejas que habitantes empadronados. Esto no es implicación, señores, esto es una movilización general. Una especie de servicio militar obligatorio para mantener viva la tradición. Y las mujeres, por supuesto, confeccionando a mano los trajes. Porque, ¿quién si no va a coser los atuendos medievales mientras los hombres ensayan sus gritos de guerra y sus caídas estratégicas?
La Soldadesca de Iruecha es, en definitiva, un monumento a la tenacidad soriana. Un recordatorio de que, mientras en las ciudades se discute sobre la inteligencia artificial y los coches autónomos, en nuestros pueblos se sigue librando la batalla entre moros y cristianos con una pasión que desafía el tiempo y, francamente, cualquier intento de modernización. Y la Junta, con su declaración de Interés Turístico Regional, parece decir: "Sí, sí, muy bien, sigan así. Pero no nos pidan presupuesto para un nuevo puente, que ya tenemos bastante con mantener las carreteras del siglo XII".
Este artículo es una obra de ficción satírica y no debe tomarse como una representación literal de los hechos ni de la realidad de Iruecha. El Tintero Seco se exime de toda responsabilidad si algún lector intenta viajar al siglo XII sin el equipo adecuado.