
En Soria, no somos de celebrar las cosas como el resto del mundo. Mientras otras ciudades se enorgullecen de sus fundaciones, sus grandes batallas ganadas o sus ferias de ganado, nosotros, con una flema que ya querría un romano, nos lanzamos a conmemorar la Vulcanalia. Para los despistados, la Vulcanalia era el día nefasto de Roma, una jornada para apaciguar al dios del fuego y evitar incendios. Aquí, en cambio, la hemos reconvertido en la excusa perfecta para recordar el inicio de una guerra injusta. Porque, claro, ¿qué mejor manera de poner en valor la cultura soriana que rememorando el principio de una paliza que nos duró veinte años?
La asociación cultural Tierraquemada, con su habitual rigor histórico y su inagotable paciencia, nos explica que es el inicio de las guerras numantinas. Y nosotros, ni cortos ni perezosos, montamos un desfile. Un desfile, ojo, con más de 150 personas implicadas, de las cuales 120 son actores aficionados. Imaginen la escena: legionarios con sandalias compradas en el chino y numantinos con cascos de cartón piedra, desfilando por la Plaza Mayor y la Puerta de la Dehesa. El clímax llega en la Plaza de las Mujeres, donde se rinde homenaje a los héroes de Numancia. Uno casi puede oír el eco de los aplausos de los turistas, que no saben si están en un evento cultural o en una obra de teatro de fin de curso.
Pero la joya de la corona de esta peculiar celebración es, sin duda, la entrega del premio “Espíritu Numantino”. Este año, el galardón recae en Carlos Martínez Izquierdo. Y aquí es donde la sátira se funde con la realidad hasta volverse indistinguible. Santamaría, de Tierraquemada, nos dice que es por “todo lo que ha hecho por su territorio” y que es “un premiado que teníamos en casa”. ¡Claro! ¿Para qué buscar fuera si tenemos héroes de la resistencia contra la adversidad, como la despoblación, justo aquí, en el salón de casa?
La comparación es brillante: Numancia resistió a Escipión, y Carlos Martínez resiste al INE y a las listas del padrón. Con “pocos medios o mucho coraje”, como los numantinos, consigue su objetivo. ¿Y cuál es ese objetivo? Bueno, eso ya es harina de otro costal. Pero lo importante es la lucha, la épica de ver cómo, año tras año, Soria sigue en pie, aunque sea con menos gente que en la última Vulcanalia. Es el espíritu numantino, sí, pero adaptado al siglo XXI: resistir no al asedio romano, sino al gélido abrazo de la estadística demográfica.
Santamaría insiste en que “Numancia es un símbolo universal”. Y tiene razón. Es el símbolo universal de la resistencia inútil pero gloriosa. De la lucha contra lo inevitable. De la terquedad hecha provincia. Y qué mejor manera de honrarlo que premiando a quien, con la misma terquedad, se empeña en que Soria no desaparezca del mapa, aunque sea a base de desfiles, pebeteros y conferencias sobre arqueología del paisaje.
Porque sí, además del desfile y el premio, tenemos un ciclo de conferencias. Desde “El cerro de San Cristóbal” hasta la “necrópolis celtibérica de Cerralbo”. Y, para rematar, la presentación de un cómic titulado “Roma Derrotada”. ¡Por si alguien se había olvidado de quién ganó (o perdió, según se mire) la última vez! Es un recordatorio constante de que aquí, en Soria, la historia no es algo que pasó, sino algo que se mastica, se digiere y se celebra cada año, con más o menos acierto, pero siempre con el mismo espíritu indomable.
Así que, si el 23 de agosto ven humo salir del pebetero, no se asusten. No es que Vulcano se haya enfadado por tanta conmemoración de su día nefasto. Es solo Soria, celebrando su pasado, su presente y, quién sabe, quizás su futuro, con la misma mezcla de orgullo, ironía y un punto de masoquismo histórico que nos hace únicos.
Este artículo es una obra de ficción satírica y no debe tomarse como información veraz. Las opiniones expresadas son puramente humorísticas y no reflejan la realidad de los hechos ni de las personas mencionadas.