
¡Qué día tan memorable, sorianos! Valonsadero, nuestro querido pulmón verde, ha sido hoy el epicentro de la galaxia, o al menos eso nos han contado. Durante la friolera de 102 segundos, el sol se ha tomado un respiro detrás de la luna, y Soria ha tenido su momento de gloria... o de penumbra, según se mire. La expectación era máxima, las previsiones hablaban de una invasión de hasta 30.000 almas sedientas de oscuridad. La realidad, como siempre, ha sido mucho más soriana: un éxito rotundo de la no-aglomeración.
La Invasión Extranjera que No Fue (o que se Escondió muy Bien)
Nuestra incansable voluntaria, María Eillón, con el corazón en un puño y la voz quebrada por la emoción (o por el esfuerzo de buscar gente), nos relataba cómo la "Soria profunda" se transformaba en "aldea global". Y es que, ¡atención!, ¡ha encontrado un inglés que hablaba español! Y un español que vivía en Bélgica. ¡Y hasta le ha parecido ver japoneses! Un despliegue cosmopolita que, si bien no llenó los autobuses gratuitos que unían la ciudad con la Casa del Guarda, sí llenó de orgullo a quienes, como María, se desgañitaban repartiendo gafas y folletos a la espera de las hordas.
Mención aparte merecen los 140 daneses. Sí, han leído bien, ciento cuarenta daneses. Con sus propios expertos astronómicos, que salieron la noche anterior en coche "para encontrar el mejor sitio" (¡como si en Soria hubiera que esconderse de las multitudes!). Rune Jhonson, un veterano de eclipses que ha llorado en los Andes, ha elegido Valonsadero porque "es el mejor lugar para verlo". Y claro, aquí es "mucho más tranquilo". Tranquilo, Rune, muy tranquilo. Tanto que podrías haberte traído a toda Dinamarca y aún habría sobrado espacio para montar un festival de música celta.
Cuando la Tranquilidad es Sinónimo de Silencio Aturdidor
El Ayuntamiento, en un alarde de previsión y optimismo, había preparado el terreno para 30.000 personas. Treinta mil. Imaginen la logística, los baños portátiles, las papeleras, los puntos de información... todo para que la experiencia fuera de una "tranquilidad absoluta". Y vaya si lo fue. Tan absoluta que uno podía escuchar el eco de sus propios pensamientos, o el crujir de las gafas de eclipse que nadie usó. La imagen de Valonsadero, más que mística, era la de un vasto campo donde el césped no había sido pisoteado, y las sillas plegables, si las hubo, permanecieron impolutas.
Las familias sorianas que volvían a casa, como la de Alcalá de Henares, aprovecharon la excusa del eclipse para visitar a la abuela. "Teniendo la familia aquí hemos hecho que coincida con el eclipse", explicaban. Claro, claro. El eclipse. No la paella de la abuela, ni el aire puro, ni la ausencia de atascos. El eclipse, que por cierto, "yo me lo esperaba con un anillo azul, pero amarillo y naranja también ha estado muy bonito". Una crítica constructiva a la paleta de colores cósmica, sin duda.
Al final, cuando la luz regresó y el monte volvió a su calma habitual (que, para ser sinceros, nunca se había alterado demasiado), la sensación fue de una gratitud compartida. Gratitud por la paz, por el silencio, por la oportunidad de haber sido testigos de un fenómeno que, si bien duró un suspiro, nos ha dejado una lección impagable: en Soria, la verdadera emoción está en la ausencia de aglomeraciones. Y en encontrar a un extranjero que hable español.
Este artículo es una obra de ficción y sátira. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia (o una oportunidad para la reflexión).
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