
En Valdeavellano de Tera, la vida sigue su curso, y con ella, la ineludible Feria de la Mantequilla. Un evento que, año tras año, nos recuerda que en Soria, si no es por la micología o por algún rito ancestral con un toro, es por la mantequilla que nos ponemos en el mapa. Y no es que tengamos nada en contra de la mantequilla, ¡Dios nos libre! Es un producto noble, untuoso y, si es de Soria, pues mejor. Pero, ¿es esto todo lo que tenemos para ofrecer al mundo? ¿Es la cúspide de nuestra innovación y desarrollo cultural?
La noticia, que llega puntual como el recibo del IBI, nos informa que Valdeavellano “vuelve a presumir de su mantequilla”. Presumir. Una palabra que, en este contexto, suena a ese tío que en la cena de Navidad saca el mismo chiste de hace veinte años y espera la misma carcajada. La tradición es importante, sí, pero ¿cuántas veces podemos celebrar el mismo proceso de batido de nata antes de que se convierta en una performance de arte conceptual sobre la repetición y la futilidad?
El Gran Dilema Lácteo: ¿Progreso o Untuosidad Eterna?
Mientras otras provincias discuten sobre trenes de alta velocidad, centros de investigación punteros o la última startup de inteligencia artificial que promete cambiar el mundo, en Soria nos enorgullecemos de un producto que, con todo el respeto, lleva siglos haciéndose de la misma manera. Y está bien, es un nicho. Pero, ¿es un nicho lo suficientemente grande como para sostener el futuro de una provincia que se desangra demográficamente?
Uno se imagina a los jóvenes de Valdeavellano, con sus diplomas universitarios bajo el brazo, volviendo al pueblo y pensando: “¡Por fin! ¡Podré aplicar mis conocimientos en física cuántica para optimizar la textura de la mantequilla!”. O quizás no. Quizás simplemente se resignan a que su destino es ser la próxima generación de “presumidores” de mantequilla, mientras sus amigos de la capital presumen de sus sueldos y sus pisos de 50 metros cuadrados.
La Mantequilla como Metáfora de la Resistencia Soriana
Quizás la Feria de la Mantequilla no es solo una feria. Quizás es un acto de resistencia. Una declaración silenciosa de que, a pesar de todo, Soria sigue aquí, aferrada a sus tradiciones, a su ritmo pausado, a su… mantequilla. Es un “aquí estamos, y aunque no tengamos un aeropuerto internacional, tenemos la mejor grasa láctea del país, ¡y la vamos a celebrar con gaitas y dulzainas hasta que el cuerpo aguante!”.
Y es que, al final, uno no puede evitar sentir una punzada de orgullo. Porque, ¿quién más puede decir que su producto estrella es tan simple, tan honesto, tan… untable? La mantequilla de Valdeavellano es el recordatorio de que no todo tiene que ser complejo para ser valioso. Pero, por favor, que alguien le diga a la Diputación que, además de la mantequilla, también necesitamos fibra óptica de verdad y un plan para que los jóvenes no tengan que elegir entre la mantequilla y un futuro.
Porque si el futuro de Soria depende exclusivamente de cuántos kilos de mantequilla se vendan en una feria anual, quizás deberíamos empezar a preocuparnos. O, al menos, a untar más pan para ahogar las penas.
Este artículo es una obra de sátira y humor. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia... o no.